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Practicando bajo los pinos

 

Y el bosque irá con nosotros y nosotras, allí dónde vayamos. Llevando el amor de la madre tierra a otros corazones.

 

En Septiembre de 2019 mi amigo Rick de Holanda y yo nos reunimos en su preciosa casa de la Floresta, en medio del bosque de Collserola. Los dos acabábamos de volver de pasar el verano en Plum Village como voluntarios. Él, en Upper Hamlet con los niños y yo, en New Hamlet, ayudando con las familias y organización del retiro en general. Había sido muy bonito encontrarnos allí. Ya entonces recuerdo que, sentados en las escaleras de la gran campana, compartimos la visión de crear una sangha para gente joven (Wake Up) en Barcelona, dado que él venía a vivir a aquí.
Aquella tarde de septiembre con la que he empezado el relato, sentados en su jardín, la luz del atardecer se coloreaba por detrás de la montaña sagrada de Montserrat. Las vistas te dejaban sin aliento. Acompañando, la sinfonía de los mirlos, como si quisieran adornar la trascendencia del momento con sus cantos. Aquella tarde acordamos hacer una primera reunión con amigos y amigas que podrían estar interesadas en formar un grupo así. 
Unas semanas más tarde éramos 6 personas a la luz de las velas, en casa de Rick degustando el mejor pastel vegano de calabaza que he comido nunca. Recuerdo la emoción del momento, el cariño y la ternura de cada uno de los que estábamos allí. Cómo quien ve nacer un niño o un brote de primavera. 
Se decidió que, dado que somos gente joven y en ese momento con un presupuesto limitado, nos reuniríamos una vez al mes en el bosque de Baixador de Vallvidrera. De este modo, nos evitábamos el problema de tener que pagar el alquiler de una sala.
De las personas que nos reunimos aquel día no volvió a venir nadie. Horarios de trabajo, traslados a otra ciudad… Pero se unieron personas nuevas y pudimos formar un grupo que bautizamos como Sangha del Pino. 
A lo largo de ese año pasaron por el grupo muchas hermanas y hermanos de práctica. Algunas para quedarse, muchas otras para seguir su camino. Aprendí que todo es inpermanente, sobre todo a estas edades. Que la gente iría y vendría. Al principio me generaba frustración. No sabía a qué atenerme. Parecía que nada era estable. Entonces pensé en el bosque en el que nos reunimos. No importaba quienes fuéramos ese día, ni si tardábamos varias semanas en ir. Él siempre estaba ahí. Recibiéndonos con los brazos abiertos, sin pedir nada a cambio. Siempre dispuesto para hacernos de refugio, siempre presente. Entendí que si yo me mantenía firme y sólida en mi decisión de mantener ese espacio abierto, siempre habría personas que acudirían. 
Pasada la pandemia, volvimos a reunirnos en nuestro amado bosque y el grupo empezó a crecer. Con edredones, chocolate y termos calientes en invierno, defendiéndonos de los jabalíes en primavera y aprovechando el verano para hacer excursiones junto con la práctica. Practicar en un entorno vivo hace que cada sesión sea una aventura.
Tras tres años desde aquella tarde en casa de Rick, siento una profunda gratitud por el bosque que nos acoge. Soy consciente de que la belleza de reunirnos en un entorno natural, es que sentimos que ha crecido con nosotros. Que nos ha acompañado en nuestros cantos, nuestros paseos conscientes, nuestro dolor compartido, nuestra hermandad y nuestra alegría. Para mí, es un miembro más de la sangha, ahora ya imprescindible. 
Pienso que maravilloso es poderse reunir en un entorno tan especial y que invita a la paz y la concentración sin gasto alguno. Un entorno que nos acoge tal cual somos, sin juzgar. Que no interviene cuando hablamos, simplemente nos sostiene. Que es silencioso testigo de todo lo que ocurre. Siempre amándonos. 

 Y seguiremos aquí. Otro verano, otra primavera. Y aprenderemos a ir despacio como el caracol entre las hojas que crujen. A ser frescos y frescas como la lluvia recién caída o las flores recién salidas. Nos contagiarán de alegría los pájaros, celebrando la vida desde las ramas. Recordaremos que en este momento no hay que hacer nada más que disfrutar del paso de las nubes y nuestra respiración.

Y el bosque irá con nosotros y nosotras, allí dónde vayamos. Llevando el amor de la madre tierra a otros corazones.

Eva Dallarés, Generosa Ecuanimidad del corazón
Sangha del Pino, Barcelona (Wake Up)

Alabar las bondades de la Tierra

Convivo con una niña de cuatro años llamada Iris. A diario, mientras vamos al colegio, hablamos sobre las bellezas de este planeta. Al comenzar el curso me lo tomaba como una tarea educativa, pero, con el tiempo, se ha vuelto algo natural en la forma de comunicarme con ella: alabar las bondades de esta hermosa bodhisatva, la Madre Tierra.

En nuestro trayecto diario atravesamos con el coche algunos bosques. Al verlos, me brotan del corazón expresiones como “¡Mira qué bosque tan hermoso Iris! ¡Mira cuántos árboles!”, a lo que ella responde “¡Ah! ¡Sí!”. Lo curioso de estas conversaciones es que se repiten a diario desde hace varios meses, y ninguna de las dos parece haberse cansado. A veces, cuando soy yo la que comienza las alabanzas, ella encuentra al poco tiempo una nueva alabanza para compartir, como “¡Mira mamá! ¡Cuántos colores en el cielo!” y me emociono con ella, pues cada día me parece que recorremos un nuevo cielo y una nueva tierra.

Podemos nombrar una y otra vez todos los colores que hay en el cielo y aun así sigue siendo emocionante.

En donde vivimos algunos días son tan grises que el sol permanece escondido todo el trayecto, ¡incluso a veces todo el día!, entonces hablamos de la belleza de la niebla en el mar, de las nubes que cubren el cielo de gris, lila, azul, negro, blanco... Y, al día siguiente, cuando después de varias curvas vemos de repente despuntar el sol radiante sobre la montaña, una de las dos dice algo como “¡Mira el sol qué brillante! ¡Qué día tan maravilloso!”. Sonreímos, y a mí se me instala un sol en el corazón que verdaderamente logra alumbrar cada cavidad, cada rincón de oscuridad, sintiéndome como un pequeño tulipán, como una pequeña flor que no tiene más propósito que vivir, que estar ahí, realmente ahí.

Aprender a alabar las bondades de la Tierra ha hecho que conducir deje de ser un medio para ir de un sitio a otro y se convierta en algo lleno de significado por sí mismo. Cuando regreso de nuevo a casa, sola y en silencio, permanezco observando esos mismos paisajes con una visión renovada, desde el Vacío, más allá del signo. Entonces ya no veo árboles, ni nubes, ni sol... solo Interser, Interser, Interser... remanifestándose.


Alba Iglesias

 

Consumo ético

Queridos hermanos y hermanas,

Desde Madre Tierra, con el comienzo del año hemos iniciado un grupo de profundización llamado "Hacia una visión del Interser con la Tierra", con el objetivo de aunar la práctica de ecología y espiritualidad. Acabamos de finalizar el primer mes de introspección y reflexión en el que nos hemos sentido determinados y determinadas a tomar acciones concretas que muestran nuestro compromiso y comprensión de esa interdependencia existente entre cada ser humano y el cosmos entero.

Para más información, en la web de Madre Tierra (http://madretierrainterser.org/) están disponibles las propuestas sobre las que hemos trabajado en este primer mes, bajo el tema de Consumo Ético.

A continuación compartimos reflexiones de algunos miembros del Equipo Madre Tierra con el deseo de que resulten inspiradoras para todos y todas:

"Hacerme responsable de lo que consumo ha sido de los actos más revolucionarios que he hecho durante los últimos años. Me ha permitido comprender mejor mi economía, el valor de los recursos... y mis emociones, pues gran parte de mi consumo era emocional: por un deseo de ser, de sentir, de no ser y de no sentir.

Retomar este tema a través de la profundización me está permitiendo tomar mayor conciencia del mundo que creo cada vez que consumo, ya sea a través de productos que compro o que acepto como regalos. ¿Qué tipo de sociedad y economía estoy apoyando? ¿Qué futuro estoy construyendo? Como decía Thay, si queremos ver el futuro solo necesitamos mirar el presente. Observar con atención lo que he consumido en el último año me permite fortalecer la fe en que un futuro “del ser” es posible, un futuro en el que la Tierra y todas sus formas de vida son amadas y respetadas de un modo casi sagrado, fruto de esa comprensión profunda del interser."

Alba Iglesias

"¡Que poderoso es el consumo, como acción política, como transformación de la sociedad!.

Observo que prestar atención a lo que consumo y sentirme pleno con lo que tengo, me lleva a coger la mitad de lo que necesito y a no desperdiciar nada de lo que se me ofrece, a sentir gratitud y a cultivar mediante la reciprocidad, la responsabilidad y la diligencia, buenos frutos y hermosas semillas."

Jorge Costas

"Desde hace años soy consciente que como humanidad estamos consumiendo y vertiendo a la Tierra más de lo que el planeta puede regenerar. Nuestra “Huella ecológica” actual revela que estamos consumiendo una cantidad de recursos naturales equivalente a 1,6 planetas, y aumenta cada año. La propuesta de “Profundización hacia una visión del Interser con la Tierra” me facilita indagar más en la asunción de compromisos personales para contribuir a la reducción de esta huella ecológica. Además, sentirme acompañada por otras personas que también están en este camino me da más energía e inspiración.

En concreto en este mes, en la alimentación he añadido el parámetro de proximidad al criterio de consumir productos ecológicos que ya venía realizando desde hace tiempo. En lo referente a la vestimenta, me ha impresionado el vídeo del impacto que tiene en países africanos la ropa que desechamos. Me propongo reducir aún más la compra de ropa, y cuando deposite ropa en los contenedores de reciclado asegurarme que está en buen estado.

Pequeños pasos encaminados a contribuir a crear un mundo más consciente, donde consumamos para vivir, en vez de vivir para consumir."

Mar Asunción Higueras

“Este primer mes en el grupo de profundización de Madre Tierra ha sido una verdadera delicia. Cuál detective, mi niña interior se lo ha pasado en grande siguiendo la pista a los productos que he comprado este último año para ver dónde se habían producido. Me ha sorprendido descubrir, por un lado, lo poco transparentes que pueden llegar a ser las marcas en cuanto al origen de sus productos y el desconocimiento que tienen los propios empleados de las tiendas. Por otro lado, me ha sorprendido que grandes marcas que yo consideraba poco sostenibles y ecológicas, están desarrollando proyectos de producción más respetuosos con el medio ambiente lo que da lugar al optimismo y la esperanza. Así mismo, me ha producido tristeza ver lo difícil que puede llegar a ser comprar ropa o electrodomésticos que no hayan sido hechos en China o Bangladesh y lo fácil que es olvidarse de las personas que hay detrás de un producto en el devenir diario.

Tras este mes mi práctica se ha vuelto más profunda. Me comprometo a tener siempre en mente el origen de aquello que compro e intentar buscar alternativas locales.”

Eva Dallarés

 

La Cumbre del Clima de Glasgow

Tímidos avances ante la magnitud y la urgencia de la emergencia climática

Un año más se celebró la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, y un año más decepcionó a la ciudadanía por sus insuficientes avances para afrontar un problema que ya estamos sufriendo, con mayor frecuencia e intensidad, de fenómenos climáticos extremos como olas de calor, sequías prolongadas, lluvias torrenciales…

Durante dos semanas los gobiernos estuvieron reunidos para acordar un marco común en el que dar respuesta a un fenómeno que es global y que, por tanto, requiere ponerse de acuerdo para que los países actúen en la medida de sus responsabilidades y capacidades. Sin embargo, un año más los países industrializados desoyeron las voces de los más vulnerables, voces que los exhortan a que actúen ya para disminuir las emisiones que provoca el cambio climático, y que los compensen por las pérdidas y daños que ya están sufriendo en sus países de la forma más dramática, aunque son los menos responsables del problema. También los jóvenes demandaron justicia climática, más acción y menos bla, bla, bla.

Si bien los primeros días hubo múltiples anuncios y alianzas entre gobiernos y también en determinados sectores, lo cierto es que sus compromisos fueron de carácter voluntario y no se vieron reflejados luego en el texto final del acuerdo, el llamado Pacto del Clima de Glasgow. Lo que sí se recogió en el texto, por primera vez en estos acuerdos, fue la mención a la necesidad de poner fin al carbón y a los subsidios a los combustibles fósiles, si bien se les agregaron calificativos para hacerlos más débiles, como el de subsidios «ineficientes» a los combustibles fósiles, como si pudiera ser eficiente destinar dinero público al combustible que está alimentando el cambio climático. También en el último momento se cambió la expresión «eliminación gradual» de la electricidad generada con carbón por «reducción gradual» de la misma, lo cual diluye bastante este compromiso. En cuanto a la transferencia de recursos económicos y tecnológicos a los países vulnerables, se quedaron muy cortos. Se constató que no se había cumplido el compromiso adquirido en 2009 y ratificado en 2015 por el Acuerdo de París de transferir a los países en desarrollo 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020, y se solicitó a los países que lo hiciesen efectivo cuanto antes. Un avance en este sentido fue el compromiso de duplicar el Fondo de Adaptación. Como punto positivo destaca la inclusión del imprescindible papel de la naturaleza, tanto de los ecosistemas terrestres como marinos, reconociendo su vital función en la absorción de emisiones y en la adaptación al cambio climático.

El texto recoge el reconocimiento de los gobiernos de la necesidad de incrementar la ambición de los planes presentados para ser coherente con el objetivo de limitar el aumento de temperatura global a 1,5 ºC, el umbral que la ciencia considera que no debería superarse para evitar impactos catastróficos. A fin de lograrlo, es necesario reducir las emisiones a la mitad para 2030, lo que está muy lejos de los objetivos presentados por los gobiernos. Por tanto, se les pide que los revisen.

El cambio climático es un indicador de una crisis más amplia que estamos viviendo, y que tiene que ver con el tipo de relaciones que establecemos entre las personas y con la naturaleza, relaciones en las que hemos olvidado la interdependencia y el bien común. Necesitamos transformar la manera en que producimos y consumimos energía, alimentos, cómo nos movemos y nos relacionamos con la Madre Tierra.

Los gobiernos deberían crear las condiciones para este cambio de paradigma, pero comprobamos año tras año que avanzan poco y lento. La verdadera transformación requiere un cambio de conciencia, reflexionar cada una de nosotras sobre cómo contribuimos con nuestro consumo, nuestro dinero, nuestro modo de vida… Y actuar en la medida de nuestras posibilidades, con la alegría de formar parte de una comunidad más amplia que ya está en transformación. Para apoyarnos entre nosotros en el camino, desde el equipo Madre Tierra de la CBI vamos a iniciar una serie de talleres en esta dirección que hemos denominado «Hacia una visión del Interser con la Madre Tierra».

Como decía Gandhi, podemos contribuir a «ser el cambio que queremos ver en el mundo».