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INSPIRACIÓN// Escuchar música con conciencia

En nuestra vida cotidiana, pocas veces escuchamos de verdad. Y quizá también podemos reconocer que no toda música nos lleva al mismo lugar. Hay músicas que nos activan, que nos empujan hacia fuera, hacia el movimiento, la emoción o la distracción. Otras, en cambio, nos invitan de manera más natural al recogimiento, al silencio y a la escucha profunda.

No se trata de establecer categorías rígidas, sino de aprender a reconocer qué tipo de música nos ayuda, en cada momento, a estar más presentes.
Podemos observar, por ejemplo, cómo ciertas músicas —como algunas obras de la tradición clásica, con la riqueza de instrumentos como el violín, el violonchelo o el contrabajo— favorecen una escucha más fina y matizada, capaz de tocar distintos niveles de atención y percepción.
Así que, para escuchar música, lo primero que necesitamos es crear un cierto silencio, tanto interno como externo, que nos permita percibir con más claridad.
Escuchar de verdad es disponer el cuerpo y la mente para recibir.
La música no es solo algo que suena fuera: es también la vibración que acontece en nuestro cuerpo, la belleza que se despierta en nosotros y la armonía que nuestra mente puede reconocer. Por eso, más que intentar comprenderla o juzgarla, se trata de prepararnos para escuchar.
La música ya está ahí; no necesita que decidamos si nos gusta o no.
Somos nosotros quienes podemos acercarnos a ella con más o menos presencia. Cuando partimos de este silencio, la experiencia cambia: el sonido aparece, se despliega y nos envuelve.
La música deja de ser algo externo y empezamos a participar en ella.
El hecho de sentirla en el cuerpo genera una vivencia de armonía y belleza muy profunda. Podemos permitirnos entonces recibirla sin esfuerzo, dejando que nos toque, que nos atraviese. Escuchar así implica también un aprendizaje.
La música no está hecha solo para “gustarnos”, sino que puede educar nuestra sensibilidad. Como ocurre con el paladar, necesitamos tiempo: escuchar, volver a escuchar, ir afinando la percepción. A medida que esta experiencia se profundiza, empezamos a captar matices cada vez más sutiles. Podemos notar cómo los sonidos llegan a nosotros como olas, y cómo nuestra conciencia es el espacio donde esas ondas resuenan y se transforman. En este sentido, la experiencia de la música no ocurre únicamente en el oído, sino en todo el cuerpo, y de una manera muy clara en el pecho. ¿Y entonces cuál es la función del oído? La misma que la de los demás sentidos: permitir que la mente reciba información de lo que está ocurriendo, para poder observarlo con mayor claridad.
Escuchar música, en este sentido, es aprender a observarla. Y eso también es una práctica. Escuchar así es, quizás, otra forma de volver a casa.

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