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COMUNIDAD/ Entrevista a Lluïsa Millán

«La música como camino de práctica»

¿Cómo comenzó tu camino con el canto y la música y en qué momento sentiste que la música se convertía para ti en una forma de meditación?
En el año 2004 conocí Plum Village por primera vez, y en 2006 empecé una formación en musicoterapia hindú con un gran maestro de música y meditación: Thomas Clements. Con él descubrí la potencia de la escucha y del canto —o mejor, de la voz no manifestada y la manifestada, de la voz hablada y la voz vibrada—. Explorar la voz con atención plena, acompañada por un instrumento tan rico en armónicos como la tampura, fue para mí una puerta de práctica… y desde entonces no he dejado de habitar ese camino.

Thay nos enseñó que «la música es la respiración hecha sonido». ¿Cómo experimentas esta unión entre tu aire y tu voz?
Sonorizar una exhalación es producir un sonido. Si articulas, hablas.
Si dejas que el sonido vibre, ya estás cantando. Es un proceso completamente natural: del silencio y la escucha atenta, al sonido… voz hablada, canto… y de nuevo, el silencio. Aprendes a conocer tu instrumento: tu cuerpo, tu aparato fonador, la resonancia, la respiración, tu estado mental y anímico… tu «presencia». Cantar una sola nota con atención plena es una meditación. Cantar con consciencia requiere de una macroescucha de todo lo que se mueve en ti y a tu alrededor.
La escucha es el primer eslabón, tan importante como la voz. Sonido y silencio interson. Abrirte a la escucha es vital. Cuando cantas estando presente, no puedes esconderte: todo aparece. No se trata de cantar bien o mal, sino de un proceso constante de autoconocimiento y aceptación. Un terreno fértil donde poner en práctica las enseñanzas de Thich Nhat Hanh.

 ¿Qué importancia tiene el silencio en tu proceso creativo y antes de empezar a cantar?
Toda. Decía T. Clements: «Cantamos para poder saborear, después, un silencio de calidad». Y hay todo un proceso —muy sutil— hasta que esa nota toma forma y se expresa. Solo desde el silencio interior puedes estar atenta a lo que sucede en el cuerpo y a la nota que vas a emitir, que ya está en tu mente, que ya puedes oír… Si te entrenas, cantar se convierte en un acto meditativo.

Durante los meses de confinamiento, la música fue un refugio para muchas personas. ¿Cómo viviste esos momentos de aislamiento físico a través de tu arte?
Una de las cosas más bonitas fue, justamente, poder compartirlo online.
En medio del aislamiento, la música nos mantuvo en contacto. También disponía de tiempo y, cuando tienes los instrumentos alrededor, te llaman… y pasas tiempo jugando, estudiando y disfrutando de cantar, lo cual riega las semillas de alegría a raudales.

Formaste parte esencial de la Sangha que se reunía semanalmente por Zoom y redes sociales. ¿Qué sentías al saber que tu participación cantando estaba sosteniendo la práctica de tantas personas en sus casas?
Esos domingos, que junto con Kiku Mistu preparábamos durante toda la semana, fueron algo increíble. Sentía mucha alegría, porque se creó una pequeña comunidad que se apoyaba en la meditación y el canto, con canciones de práctica de Plum Village. Aún hoy muchas personas recuerdan con cariño esos momentos de alivio que compartíamos en la Sangha online.
Fue algo que recordaré siempre con una gran sonrisa en los labios.

¿Cómo fue para ti la experiencia de «romper la pantalla» y generar una conexión de corazón a corazón a través de medios digitales?
La verdad es que no fue difícil. Te acostumbras deprisa. Para mí era casi como hacer televisión, ¡jeje! Nos daba mucho juego, porque conectábamos con personas de todas las provincias de la península, invitándolas a participar. Y había una emoción cada semana con las conexiones a distintas sanghas de toda la península. Fue algo profundamente colectivo y muy vivo.

En aquellos momentos de incertidumbre, ¿hubo alguna canción o mantra que fuera tu ancla personal?
No especialmente. Viví bien el hecho de estar en casa. Vivo cerca del campo y lo acepté como un retiro. Soy muy ecléctica y puedo ir desde cantar un bolero a un mantra, a improvisar sonidos… todo, para mí, es válido si tiene corazón. No suelo tener «fetiches» en general. Me uní a la corriente de poner altavoces en la ventana y, como tantos otros músicos, por la tarde cantaba para el pueblo canciones populares. Otro momento precioso, gracias a la música.

Preparas retiros sobre voz y espiritualidad junto a tu compañero. ¿Cómo nace la idea de unir estas dos energías?
Nace en Plum Village. Ofrecí un pequeño taller con la tampura, cantando “oms” y algunas escalas, armónicos, etc., compartiendo un poco mi práctica.
Allí el hermano Miguel me dijo: “Tienes que hacer retiros con esto”. Y pensé: sí. Me sentí autorizada. Aun con vértigo, la alegría e ilusión de poder unir las dos prácticas que me movían y ofrecerlas era una propuesta que me llenó de alegría. Ambas prácticas van en la misma dirección, y el canto es, por sí mismo, una puerta de entrada al Dharma. A partir de ahí empecé a diseñar esos retiros de fin de semana, manteniendo la estructura de un retiro clásico, pero incluyendo talleres de voz. Junto con Luis del Val, quien ofrece las charlas de Dharma y también su práctica con la música, y más tarde con Anna Pujós, música profesional y practicante, llevamos ya unos 14 retiros en distintos lugares. Y seguimos.

¿Qué descubren las personas cuando se atreven a soltar su voz en un entorno de práctica consciente?
Es un momento muy especial. Nuestra voz ha sido, en general, muy castigada, muy reprimida. La voz nos expone, nos revela: el miedo se escucha, la fuerza también, el estado de ánimo… Ponemos mucha máscara en la voz. Cuando tienes permiso para explorar, sabiendo que no habrá juicio, que tu voz es bella sea cual sea, y se proponen ejercicios para jugar y sentir… también para afinar, y hay retos… cada cual llega hasta donde quiere y puede. Nada se fuerza. A lo largo de los trabajos, empiezan a abrirse cosas que estaban muy guardadas. Las personas hablan de liberación, a veces lloran, dicen que nunca se habían escuchado… que algo nuevo aparece.

¿Qué papel juega la vulnerabilidad al cantar frente a las demás personas en un retiro?
No cantas frente a los demás. Cantas con los demás. Hay momentos individuales, sí, pero el grupo sostiene. Exploramos lo individual y lo colectivo. El ambiente es amable, de aceptación y de escucha compasiva. Nadie te empuja a ningún lugar para el que no estés preparada. Puedes sonorizar o no, o hacerlo a veces sí, a veces no; son propuestas…
Y poco a poco, se va sanando la relación con la propia voz.

¿Te ayuda la música a mantener esa atención plena en mitad del ruido cotidiano?
Sí, claramente. Muchas veces inicio la meditación de la mañana con una escala hindú, como una espiral de notas graves. Conectas profundamente con la respiración, exhalando cada nota sin forzarla, sin cortarla cuando aún hay aire. Ahí la atención no puede dispersarse. También canturreo, a veces sólo emitiendo “mmm”, y siento la vibración en el pecho. Es volver al cuerpo a través de la propia voz. Somos instrumentos.
“Persona” viene de per sonare, sonar a través: somos persona en la medida en que dejamos que la vida suene en nosotros. Pero hemos dejado de cantar. En una sociedad de la especialización, el canto también se ha profesionalizado, y eso ha alejado a las personas de un derecho básico.
Tenemos que recuperar ese derecho tan simple y tan olvidado: cantar.

¿Cómo seleccionas las canciones de otras tradiciones? ¿Qué buscas en ellas para que resuenen con tu práctica espiritual?
Hay canciones que, cuando las escuchas, sabes que están vivas. Sus textos son inspiradores, sus melodías o ritmos invitan a que tu alegría, o concentración, o incluso éxtasis, se manifieste. Hay música y cantos para todas las ocasiones. Y no importa mucho de qué tradición vengan: todas ellas contienen joyas. ¡Hay tanto por cantar! Si se pueden llevar a la práctica, no hay fronteras. Solo hay que escuchar al Hno. Phap Huu (abad de Upper Hamlet en Plum Village) rapear.

Si tuvieras que elegir un solo verso o enseñanza de Thay que defina tu relación con la música, ¿cuál sería?
Qué difícil… No sabría decir una frase concreta. Quizás: «Escucho, escucho este maravilloso sonido, me devuelve a mi verdadero hogar», que puede ser el sonido de la campana y también mi propia y auténtica voz entonar una nota respirada, larga, entrar en el silencio atentamente y regresar a él.
Lo que sí sé es que el fruto del canto consciente es la alegría, la conexión y una presencia muy clara.

¿Qué consejo darías a alguien que siente que no sabe cantar, pero desea expresar su espiritualidad a través del sonido?
«No sé cantar» es una formación mental, lo primero. Y probablemente una percepción errónea. Cantar es un «derecho», un atributo que nos define como humanos. Nadie debería dejarlo a un lado, es muy triste. Una sociedad que no canta es una sociedad desencantada. Otra cosa es querer ser «profesional», y eso es otro tema que no tiene nada que ver, pero que se confunde mucho.  Le diría que se abra al proceso de su propio sonido. Que empiece a canturrear, a hacer “mmm” sin expectativas, escuchándose con cariño, que abandone el juicio, que recupere su voz, que susurre, que grite, que se cante a sí misma, a su niña interior… ¡Que juegue! Así, poco a poco, se puede ir recuperando este hábito saludable. Es un desbloqueo progresivo, un proceso que va de la mano de la práctica… y que venga a un retiro.

Para terminar, ¿podrías compartir cuál es tu «huella en la arena» preferida, ese momento donde sientes que tu música realmente ha tocado el alma de alguien?
Cuando veo a alguien conmovida, en silencio, con una expresión de felicidad en el rostro después de un canto. Sé que ahí ha habido un pequeño movimiento, una transformación. Un momento único que le ha tocado el corazón. Y eso me confirma algo que siento profundamente: que la música y el canto también pueden ser un camino de despertar.

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