
Chan Phap Dê fue monje en el monasterio de Deer Park. Falleció en 2016, a los 81 años. En su juventud fue sacerdote, dejando los hábitos en 1970. En 1993, estando en un hospital en tratamiento por un linfoma, conoció a Thay por un libro de su vecino de habitación. En 2002, a los 68 años, se ordenó como monje budista, con el nombre de Chan Phap Dê, que significa “hermano joven”. Thay le explicó la razón de este nombre: que antes todos le llamaban “Padre”.
Thay le pidió que ayudara a los occidentales a contactar con sus propias raíces espirituales; al expresarle sus dudas sobre si sería capaz, Thay le dijo: “Tienes que ser revolucionario. Necesitamos una nueva cristiandad”.
Aquellos de nosotros que hemos venido a la práctica de la plena conciencia hemos encontrado algo que funciona para ayudarnos a cortar nuestros sufrimientos, así como para tener la experiencia de la alegría en la vida. Yo mismo le dije a Thay que la mayoría de las personas que conozco en esta práctica están tan contentos de su nueva experiencia que no lamentan lo anterior, no tienen sentimiento de pérdida. Thay no estaba de acuerdo. Me dijo: “Esto forma parte de vuestra sangre”.
He descubierto algo que no sabía: que a lo largo de mi vida había estado muy atrapado en el pensamiento discriminante, el pensamiento dualista. El pensamiento occidental lógico, para el cual hay bueno y malo, izquierda y derecha, interior y exterior. Mantiene discriminaciones muy claras: la tierra está aquí y el paraíso allí; estoy aquí y Dios está allí arriba. La materia y la mente están separadas, y el cuerpo se quedará aquí cuando nuestra alma eterna parta allá al paraíso.
Antes de esta práctica, ese pensamiento dualista en el que estaba atrapado establecía una separación entre nuestro momento histórico (nuestra existencia convencional) y la dimensión última. Pero con la práctica de la plena conciencia, tengo una gran ventaja. Al comienzo de mi experiencia con Thay, estaba leyendo su libro Buda viviente, Cristo viviente. Pude decirle: “Thay, comprendes a Jesús mejor que todos mis eminentes profesores de teología”. Respondió: “Es porque tengo a Jesús en mi corazón”.
Esto me ayudó a ver que el Espíritu Santo que aparecía en el evangelio visitando a María y convirtiéndola en la madre de Jesús está en nosotros. Y al igual que ese Espíritu Santo se ocupaba de María también se ocupa de nosotros, ayudándonos a convertirnos en nuevos Budas, en nuevos Cristos. Y he llegado a ver, con la ayuda de Thay, que ese Espíritu Santo es la energía que nutre nuestra Madre Tierra.
Yo tenía la costumbre de pensar que la tierra no era más que un planeta, una masa inerte de tierra sin ningún espíritu o inteligencia. Tenía la costumbre de pensar en la tierra como nuestra dirección temporal, hasta que muramos y nos establezcamos en nuestra morada eterna del Reino de Dios. Ahora, veo que la Madre Tierra no está solo hecha de materia sino también de células y de inteligencia.
Thay me recordó que hay mucha riqueza en mi tradición y me hizo volver mi mirada a los místicos, como San Juan de la Cruz:
Estaba yo triste un día, salí a caminar
y me senté en el campo.
Un conejo se dio cuenta de lo que me pasaba y se acercó a mí.
A menudo no es necesario nada más para recibir consuelo.
Simplemente estar cerca de las criaturas que
están tan llenas de sabiduría,
tan llenas de amor
que ni siquiera se ponen a hablar.
Simplemente miran
con maravillosa comprensión
Otra antepasada espiritual nuestra, Catalina de Siena, también formaba parte de las personas que no estaban prisioneras de un espíritu dualista:
«Todo ha sido consagrado.
Las criaturas del bosque lo saben, la tierra lo sabe,
los mares lo saben,
igual que las nubes,
así como el corazón lleno de amor.
Extraño, que un sacerdote
nos quitara esa ciencia,
y se dotara luego de la facultad
de volver santo lo que ya lo era.»


