Nieves Martin Llonch

¡Me voy al Camino!
Suelto obligaciones, responsabilidades y actividades diversas de lo que llamo mi vida mundana, y me voy a caminar, a estar conmigo misma, a levantarme por las mañanas y respirar el aire fresco del amanecer sin más expectativas que experimentar y disfrutar lo que me traiga el día, la jornada en el camino. Caminar, sentir el aire y el sol, a veces la lluvia y el viento… ver paisajes, encontrarme con otros peregrinos, cada cual con su propio momento personal…
Ha sido en el Camino donde me he sentido más libre, donde he podido alcanzar un curioso equilibrio entre disfrutar de mi tiempo y mi espacio en libertad, y al mismo tiempo saber que el Camino y todas las personas y demás seres que están en él me acompañan y están ahí para mí en caso de necesidad. Y yo para ellos… No hay miedo, incluso cuando me he perdido en mitad de un monte he sabido que no estaba del todo de sola, y efectivamente, siempre ha aparecido algún ángel y me ha indicado el camino de regreso a mis queridas flechas amarillas.
Esa combinación entre soledad y la sensación de saberme acompañada ha estado conmigo siempre que he salido al Camino. Me gusta salir sola, libre, e ir encontrando a lo largo de los días aquellas personas con las que sintonizo y con las que puedo compartir charlas y descansos después de la jornada. Sin compromisos, sin importar de dónde venimos cada uno, a qué nos dedicamos, qué mochilas cargamos en nuestras vidas… estamos allí y estamos conectados por algo intangible, nuestra necesidad de buscar momentos de silencio, de escuchar el palpitar de nuestros corazones y el sonido que nos llega de la Tierra y el Sol… de la sabiduría de todo cuanto ha acontecido a lo largo de la Historia…
Llegamos a diferentes lugares a veces tras kilómetros de esfuerzo, en los que hemos ido alejando nuestras mentes de las preocupaciones y dudas que atribulan nuestras vidas, y hemos podido ir centrando nuestra atención en lo maravilloso del momento presente, en las sensaciones del cuerpo, en los paisajes, en la luz y el amplio espacio que nos rodea… Todo es sencillo cuando estás en el Camino… levantarse, caminar, comer, descansar, contemplar una puesta de sol, dormir…
Pero al mismo tiempo que disfruto de esta sensación de soledad y libertad, el Camino me lleva a lugares que están llenos de historia, de leyendas… Entro en catedrales o en pequeñas ermitas, en monasterios o en antiguos hospitales de peregrinos… y en todos estos lugares, a veces tengo la sensación de que los muros me hablan de todo cuanto han visto y oído.
Me ha pasado que, en algún momento de apertura y silencio interior, he conectado con la corriente ancestral de la que formo parte, de la que formamos parte… Somos nuestro pasado. Nuestro pasado está en nosotros. Somos los puentes, caminos, catedrales y pequeñas ermitas que encontramos en nuestro caminar… están en nuestro interior, en nuestra consciencia colectiva y también en nuestra consciencia individual. También somos todas las personas que han construido esos puentes y catedrales… cuánto esfuerzo ha habido en ello… cuántas vidas han girado en torno a la construcción de todos los monumentos que admiramos en nuestro caminar… si no fuera por esas personas, el Camino no sería lo que es, ni yo sería lo que soy.
Entro en una ermita solitaria, de paredes de piedra y pequeñas ventanas por las que entra un poco de luz… alguna talla de madera me recuerda que estoy en un lugar de culto, en un lugar de recogimiento y oración… dejo la mochila y el bordón en la entrada y me siento… escucho el latido de mi corazón, que aporta la sangre a todos mis músculos para poder llegar hasta aquí, y noto cómo se va calmando poco a poco, enlenteciendo su ritmo hasta convertirse en un palpitar lento y profundo… y empiezo a escuchar el silencio, mi cuerpo se va relajando… Miro los muros de piedra… llevan siglos ofreciendo refugio a quienes entran a orar, a refugiarse de todo lo que hay fuera y también del sufrimiento que viene de adentro. ¿Cuántas personas habrán entrado aquí a lo largo de los tiempos? Para recogerse, para llorar, para buscar consuelo en esa talla que preside la ermita, para buscar una señal que les oriente… Me siento conectada con todas esas personas que han entrado en esta preciosa ermita para buscar refugio. En el fondo, yo también busco refugio en esa ermita, refugio de mi cansancio, o de lo que en los últimos días pueda haber en mi corazón. También venir al Camino supone tomar refugio…
Puedo trasladarme a tiempos remotos, en los que la vida era más dura que ahora, inmisericorde con la gente pobre de las aldeas… y respiro… Cuánta historia ha pasado por estos muros, cuántas historias… Me siento pequeña, insignificante. Somos una motita de polvo flotando en el espacio y el tiempo… Mis problemas parecen pequeños e intrascendentes al sentirme sumergida en esta inmensa corriente ancestral. Siento la belleza y la inmensidad de esta conexión, de esta corriente ancestral de la que formo parte… Conecto también con mis padres, mis abuelos… ellos me han traído hasta aquí, ellos forman parte de la historia, de la historia de mi vida… y siento gratitud…
Ser consciente de esta realidad de inter-ser con mis ancestros y con todo cuanto me rodea me ayuda a trascender y relativizar los problemas que me surgen en mi vida cotidiana, me ayuda a fluir con ellos, a no estancarme en algo que quizás no puedo cambiar o resolver, a ampliar el foco y contemplar las maravillas que me rodean y que forman parte de mi vida.
Me quedo un buen rato descansando en esta paz, en este momento presente. Siento que es un momento de especial de conexión con lo intangible, con la espiritualidad que me nutre y me serena, me siento afortunada por estos momentos de conexión con mi isla interior. Escucho el silencio…
Y en un momento dado, abro mis ojos, me levanto, salgo de nuevo a la luz del sol, y sonrío a la vida que se despliega ante mí… sigo caminando, más ligera y más consciente ¡y también más descansada!
Creo que son momentos como éste los que me traen al Camino, momentos en los que me siento pequeña y al mismo tiempo me siento parte de algo grande, de esta corriente ancestral de la que todos formamos parte. Somos parte de esta corriente de vida, y sentirme parte de ella me hace sentir conectada de forma profunda a todo cuanto me rodea, a los árboles que me dan sombra, al agua que fluye por las fuentes y los ríos, a los animales que me encuentro en los campos o en los pueblos… camino y parece que todo cobra un nuevo color.
Cuando me encuentro con algún peregrino lo siento de otra manera. Es como yo, es yo con otra forma, con otra vida… Y como yo todas las personas que pisamos los caminos… En los caminos están las huellas de todos los peregrinos que han pasado antes que nosotros, y las de los que pasarán. Nosotros también dejamos nuestras huellas… Y todas las huellas forman el Camino, somos el Camino; como dejamos nuestras huellas en la vida, y formamos parte del fluir de la vida.
Me siento conectada con todos los peregrinos que recorren los caminos en esos momentos, y también con aquellos que los han recorrido a lo largo de la historia… Me veo alejándome de la Tierra, como si estuviera en un satélite, y pudiera ver a cámara rápida el caminar de los peregrinos y peregrinas a lo largo de los tiempos… Somos muchos… y al mismo tiempo, somos una motita de polvo flotando en el espacio…
Me siento ligera y feliz. Ahora, tras unos años de practicar la meditación y la plena consciencia, y de haberme sumergido en la sabiduría que encierra el budismo, me doy cuenta de que estos momentos son pequeños momentos de despertar, de abrirme a lo espiritual, a la vida que fluye, a las sensaciones que me acercan a la verdad profunda de que somos Uno, de que hay algo intangible que nos conecta a todas las personas, a todos los seres, y que si nos miramos con ojos de amor y de no discriminación todo es más fácil, los miedos se disuelven, la ira y los rencores se disipan, y lo que queda es alegría y amor hacia todos los seres que han sido, son y serán. Y una profunda gratitud por poder estar aquí y poder ofrecer una mirada que acoja todo cuanto acontece con apertura, serenidad y compasión.
Gracias a todas las personas que a lo largo del Camino me han ofrecido su tiempo, sus experiencias y su sonrisa. Gracias Thay.
Nieves Martín Llonch


