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Poesia vs. Espiritualidad

Jaime Locutura

El nombre de este boletín digital, Huellas en la arena, está tomado de uno de los poemas más cortos de Thich Nhat Hạnh. Su brevedad deja espacio para que, en él, e indirectamente en la revista, quepa todo el inmenso legado que nos ha transmitido: su sabiduría, su sencillez, su profundidad, su poder evocador y transformador, su inmenso corazón, y también su saber no solo qué hacer sino cómo hacer.

Cuando se cita brevemente a Thay se dice que era monje zen, escritor, activista por la paz… y poeta (Wikipedia). Hoy nos vamos a centrar en este aspecto y en qué medida esto se interrelaciona con sus modos de ser y de actuar;  Thay no era sólo Thay , sino que inter-era con los demás seres, con la naturaleza… y con el resto de poetas. Veamos pues como es eso del interser entre poesía y meditación, o entre poesía y espiritualidad.

Tal vez lo primero que viene a la mente racional es intentar buscar los puntos comunes, o lo diferenciador, entre poesía y espiritualidad, y nos encontramos con que ambas palabras son de casi imposible reducción, a pesar de existir innumerables definiciones. ¿Pero cómo, para describir la poesía, podemos contentarnos con fórmulas que encontrarnos en los manuales: expresión de los sentimientos personales, celebración de lo divino, canto de la naturaleza, ¿desajuste voluntario del lenguaje (citas textuales)? Baste recordar y respirar un breve haiku —un viento lentísimo convierte el silencio en melodía— para aceptar que ese reduccionismo es un vano empeño. ¿Cómo glosar, cómo añadir ningún comentario o explicación “racional” a esas ocho palabras? Y en cuanto a lo espiritual, lo más sensato tal vez sea quedarnos con su etimología: “soplo”. Algo efímero, que no sabemos desde donde viene, cuánto dura y cuando acaba.

Vista la imposibilidad de eso que como seres “modernos” pretendemos —la voluntad de la certeza, de apoderarnos de lo que hay detrás de las palabras poesía o espíritu— limitémonos a repasar, y ya es bastante, de qué manera la visión poética y la visión espiritual son dos medios hábiles para adentrarnos en lo desconocido, en el misterio. La historia nos ayuda, en la medida en que la mayoría de las tradiciones espirituales/ religiosas se han transmitido, entre otras formas, como poesía. Decir mística es dejar que, sin más, aparezca la soledad sonora, la música callada de Juan de la Cruz, o permitir que nada te turbe, nada te espante, como rezaba Teresa de Ávila. ¿Y qué es sino entrar en el misterio cantar con Rumi mi lugar es no lugar, mi señal la no señal? Nuestra tradición budista se acompaña también de poemas, desde los cien mil cantos de Milarepa hasta Thay (He aquí palabras escritas/ huellas en la arena/ formaciones de nubes/ mañana me habré ido), o innumerables haikus. Sin buscar la exhaustividad —ningún poema lo pretende, al igual que la meditación no busca respuestas, y por ello es tan preciosa, y tan poética—, en otra tradición ancestral, el judaísmo, la poesía ocupa una parte notable del antiguo testamento, a veces en forma un tanto ruda, pero también delicada y sutil en el Cantar de los Cantares, o también en el Talmud. Personalmente, creo que tal vez una de las maneras más abiertas, menos restrictiva, y no es preciso decir más poética de hablar de la meditación, nos la regala la expresión de los indios navajos: caminando en lo bello.

Y aunque en lo formal la poesía profunda no necesita palabras complejas, o “excelsas” la magia, el misterio –de nuevo esa palabra- es que su orden nos conmueve, nos sacude, nos lleva a zonas desconocidas, también de nosotros mismos. Con los mismos términos que los usados para emplear y manejar cosas, la poesía puede hacer aflorar alegría, gratitud, tristeza, o nos consuela en la pérdida o el duelo (Tú ya no estás y florecerán las rosas/ madurará el trigo y tal vez el viento/ desvelará secretas melodías/ tú ya no estás y el tiempo me transcurre/ entre tus recuerdos que me acompañan). ¿Y cómo es posible que practicar las 16 facetas de observar el soplo, la respiración como nos sugiere el Anapanasati Sutra nos haga entrar en la alegría, la gratitud, la tristeza o el consuelo de la pérdida?

Tal vez, solo tal vez, sea que poesía y espiritualidad tienen una raíz, una cepa común de la cual nace la gracia de la rama reverdecida del olmo seco, y esa raíz es la infancia, cuya mirada sobre las cosas, las personas y los saberes da escaso crédito a los dogmas, a los conocimientos; la mirada infantil detecta el fallo, el leve desacuerdo entre la persona y lo que dice, y desde esas fisuras al niño le va llegando algo de lo invisible, del misterio. La mirada infantil genera poesía y sueño espiritual.

Como decía la canción de Golpes Bajos corren malos tiempos para la lírica. Por eso, y sin caer en el pecado de buscar lo útil, probemos a practicar la poesía y la meditación, la espiritualidad, como hacían los yoguis que se encontraron los soldados de Alejandro Magno al llegar a los bosques de la India. Allí se toparon con hombres confundidos entre los árboles; estaban consumidos por la contemplación, sumidos en un estado arbóreo; sobre ellos anidaban los pájaros. Bajo el cielo, siendo mundo, el poeta, el meditador es hombre-árbol. Abierto a todo, sin resistencia, vacío y quieto para que los pájaros, todas las criaturas aniden en él.

Sugerencia: leer en voz alta cada uno de los extractos de los poemas (señalados en cursiva y negrita, respirar tres veces y pasar al siguiente. Se puede finalizar con: estos días azules y este sol de invierno…

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